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Ese momento del brindis

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Todos, por suerte y que no nos falten, tenemos numerosas ocasiones para brindar a lo largo de la vida. Es una costumbre que forma parte de la maravillosa idea de compartir la bebida con quien nos rodea y que suele ser la mejor forma de disfrutarla.

P ara muchos, el origen del brindis está en las remotas épocas en que tan de moda estaba el envenenamiento cuando alguien quería deshacerse de un enemigo o molesto competidor. Para tranquilizar a la persona con quien se brindaba se chocaban las copas, con lo que algunas gotas de ambas se mezclaban y se demostraba que se podía beber sin temor a que fuese lo último que se hiciera en la vida. Claro que, hecha la ley, hecha la trampa. Siempre hubo quien supo sortear este obstáculo para sus propósitos, como Lucrecia Borgia, que en el Renacimiento desarrolló la técnica de ocultar veneno en un anillo y tras beber de la copa derramarlo en ella sin ser vista y ofrecerla a su desdichado invitado.

Otros miran a la mitología griega y explican cómo Dionisio, dios del Vino, invitó a los cinco sentidos a un banquete en el Olimpo. El sentido de la vista gozó del color del vino, el olfato se extasió con su aroma, el tacto acarició con deleite su copa y el gusto disfrutó la libación. Pero el oído sufría porque no podía oír el vino. Para remediarlo, Dionisio decretó que cuando alguien se reuniese a disfrutar del vino en común se deberían chocar las copas para que el oído disfrutase su tintineo.

También hay quien recuerda que en los multitudinarios banquetes de la antigua Roma los invitados chocaban sus copas vacías para que los criados acudiesen a llenarlas. Y otra teoría sostiene que el brindis nació exactamente el 6 de mayo de 1527. Aquel, día los ejércitos de Carlos I tomaron Roma y, tras ejecutar a los defensores de los dominios del papa Clemente VII, la saquearon. Uno de los oficiales vencedores intentó convencer a Arcediano del Viso de que el emperador no había ordenado aquello y de que si Dios lo permitió fue a mayor gloria de la Cristiandad. Entonces, los mandos, llenando sus copas, las alzaron al cielo gritando "bring dir's", que significa "yo te lo ofrezco".

Sea como fuere, el brindis se asocia también a un buen deseo para con quien se comparte y que, en casi todo el mundo, suele ser salud. Esto también tiene su historia o, mejor dicho, sus historias. Volviendo a Dionisio, en Grecia se le pedía la salud que viene de la buena alimentación y esta depende de que haya buenas cosechas, entre otras, claro está, la de la vid. Y no hay que olvidar que en Roma, el Senado redactó un decreto por el que todos los romanos estaban obligados a beber el vino a la salud de su emperador. Incluso se cuenta que en la Britania del siglo V una joven sajona llamada Rowena ofreció una copa de vino al rey Vortigem mientras decía: "Que tenga salud el rey", gesto que complació tanto al soberano que esa misma noche se casó con ella, lo que llevó a sus súbditos a desear salud cuando brindaban. Claro que hay quien en lugar de salud prefiere decir chinchín, y en esto tampoco hay acuerdo. Para unos es la onomatopeya del sonido de las copas al chocar, pero otros creen que el vocablo lo trajeron los ingleses desde China, donde los amables chinos decían "ch’ing ch’ing" para indicar "por favor, por favor" a la hora de invitar a alguien y de ahí que en Occidente surgiera la costumbre del popular chinchín.

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