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Vinos de la Comunidad Valenciana: Del granel a la cumbre

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Nuestro director de Vinum Internacional, Rolf Bichsel, en un excelente artículo publicado en Vinum, sostenía que “en ningún lugar se puede producir vino tan fácilmente como bajo el eterno sol mediterráneo”. No le falta razón, pues bajo el influjo benéfico de los aires mediterráneos y la intensidad de su luz, el viñedo del Levante español parece haber encontrado su hábitat ideal desde hace unos tres mil años. Realmente es tan fácil el cultivo de la vid en esas tierras, y la elaboración posterior de su materia prima, que hay momentos en los que parece que no es necesario ningún esfuerzo añadido por parte de bodegueros y viticultores para seguir progresando. Y no es porque en esta región no se tenga sentido comercial. Ha sido, sin duda, una de las más dinámicas y organizadas del sector. Desde sus puertos se han exportado anualmente millones de hectolitros destinados a apagar la sed de buena parte del resto del mundo. Pero quizás sí haya habido cierto relajo en tiempos pasados, cuando la demanda del granel era negocio seguro, sin las complicaciones requeridas para una comercialización más compleja e incisiva. En realidad, aunque ha sido un mal secular de todo el sector español, cuesta creer que hace tan sólo un siglo había plantadas en la comunidad valenciana 260.000 hectáreas de viñedo, tres veces más que a día de hoy. Mitos a derribar Hubo épocas en las que los vinos mediterráneos han debido soportar una leyenda negra. Períodos en los que se valoraba en los vinos, sobre todas las otras virtudes, la frescura y un bajo grado alcohólico. Absurdamente, las cepas levantinas más carismáticas e históricas, como la Bobal, la Monastrell e incluso la Moscatel de Alejandría, han sido durante años (¿siglos?) las cenicientas del viñedo español. Hoy, gracias a una viticultura y técnicas enológicas modernas y más racionales, se han convertido en una clara alternativa a los vinos clonados que tan bien florecen en cualquier parte del mundo. Solo hace falta una visita a estas tierras para percibir con qué ilusión los enólogos y bodegueros han recuperado la ilusión por sus variedades. Incluso en la provincia de Castellón, la menos vinícola de las tres, hay empresarios decididos a sumarse a los éxitos de los valencianos y alicantinos. Aquellas viñas tradicionalmente formadas por híbridos de producción directa, «fabricantes de color», están desapareciendo, y en su lugar aparece una larga lista de nuevas variedades, las famosas y bien conocidas del levante, del resto de España y de fuera, junto a las de rancia raigambre, como la rara «Bolicaire», hoy casi extinguida. De momento serán «Vins de la Terra de Castelló» que está formada por tres comarcas: Alto Palancia-Alto Mijares, Sant Mateu, y Les Useres-Vilafamés. Denominaciones dinámicas Cada denominación de origen parece haber elegido su paladín enológico para que le represente en el campo de batalla de un mercado tan competitivo como el actual, ávido de novedades. Alicante hace tiempo que hizo de la variedad Monastrell el instrumento idóneo para desterrar el aburrimiento. Posee esta noble cepa la virtud de la originalidad, sirve prácticamente para hacer toda clase de vinos, desde un cava a un dulce sugerente, y sobre todo tintos de corte moderno y ricos en sensaciones. En los últimos años los enólogos levantinos han logrado vinos capaces de emocionar a los críticos de la prensa mundial. La Bobal era una planta «Cenicienta» sin príncipe, que parecía no tener ni amigos ni adeptos, ni nadie dispuesto a sacarla a bailar, ni siquiera entre los enólogos. Pero hoy cuenta ya con buenos y sabios defensores, sobre todo en Utiel-Requena y Valencia (incluso fuera de las denominaciones de origen) que han hecho de ella una princesa, como se merece. También la Moscatel tiene sus partidarios devotos. La revolución del dulce en España comenzó en Alicante, con los moscateles, y hoy, veintitantos años después, se aprecian merecidamente; incluso hay espumosos elaborados con esta variedad que hacen las delicias de un consumidor no iniciado, ajeno a complicaciones o profundidades estructurales. Y al igual que ocurre en no pocas comarcas españolas, hay elaboradores que no están de acuerdo con el «paraguas» de las denominacions de origen, y prefieren que sus vinos salgan como “Vino de la tierra” o incluso, los más osados o díscolos, como “Vino de mesa”. En fin, quien pose sus ojos sobre el panorama enológico de Levante encontrará vinos de todo tipo y color, frescos cavas exitosos, blancos cada vez mejor dotados, rosados expresivos y elegantes, tintos poderosos y originales, y los extraordinarios dulces, blancos y tintos, que parecen atesorar toda la esencia mediterránea en sus venas.

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